Mi primera y última vez

Recuerdo que todavía vivíamos en Salinas. Y además era temporada de abuela paterna, de manera que estábamos los 7 en casa.

Eso significaba ajuste habitacional: mi hermana cedía su habitación a Lelá y se mudaba a la de mis hermanos para compartirla con Juanín ocupando la cama de Michu -que a su vez se trasladaba a mi habitación-.

Así, Luchy y yo perdíamos nuestro privilegio de habitaciones individuales; privilegio que teníamos, ella por aquello de ser la única niña; yo, por aquello de ser el mayor. Supongo.

Mi habitación, en usufructo temporal con Michu, era grande. 

Tenía muebles funcionales, de joven estudiante, acaso del final de la EGB o ya de instituto. Eran de color nogal (vamos, lo que viene siendo beige para los que somos indocumentados en detalles cromáticos).

plano a mano de una habitación

Ocupaban toda una pared, la de la izquierda según se entraba. Allí, y por orden hasta la puerta de la terraza, había una librería ancha, una mesa de estudio –de esas que se ponían y quitaban con llave y un sencillo movimiento de giro de las patas, que quedaban ocultas en el interior del módulo una vez terminaba su función-, mi cama de 0,90 –también de quita y pon, que por entonces ya había perdido el sistema original de apertura y cierre con llave, que Eduardo, el carpintero, había sustituido por el menos fino, pero más eficaz, sistema de pestillos- y una librería estrecha. 

Muchos libros. De estudio y de lectura. Pocos nuestros, todavía. En la parte de arriba algunos de la época de la Escuela de Minas de mi padre. En lugar de privilegio La Salvat, El Mundo Submarino de Cousteau, una caja de fichas de Félix Rodríguez de la Fuente, un microscopio en su caja original negra. Recuerdo 2 bolas del globo terráqueo de madera -elegantes “sujetadores” de libros-, un montón de álbumes de fotos y una hucha de barro que era un enfant francés. 

La pared perpendicular a la entrada, la de la derecha, la ocupaba una cama nido que hacía las funciones de sofá antes de llegar la noche. Aquella era la cama transitoria de Michu. Probablemente le convalidaron 2 cursos de faquir. 

Las otras 2 paredes de la habitación eran, en su mayor parte, un enorme ventanal, incluida la puerta acristalada que daba acceso a la terraza. 

En la esquina de las 2 paredes transparentes, una cómoda, que sin ser antigua tampoco era de la modernidad de los muebles estudiantiles, con lo que estéticamente se abofeteaba con ellos. Encima de esa cómoda, un enorme aparato tocadiscos metálico con acabados en madera, de color desconjuntado con muebles y cómoda. Me suena que era de marca König. No apostaría. 

Tenía de todo. Plato con opción para programar varios vinilos -que caían unos encima de otros mientras la aguja regresaba al origen para seguir trabajando- cassette, radio, 2 baffles

El botón on-off era un cilindro metálico situado en la parte izquierda inferior, y aunque era la parte del aparato más cercana a mi cama, cada vez que tenía que pulsarlo, tenía que incorporarme y estirar el brazo. Era poco ejercicio -que solo realizaba una vez desde que me metía en la cama- porque dormíamos toda la noche con la radio puesta.

Con la radio puesta, y, cosas de la adolescencia, con las persianas completamente levantadas, algo imposible en la actual adolescencia con canas, en la que huyo de voz y luz para conciliar el sueño (al menos el de la noche; la siesta tiene sus propias reglas). 

Lo de dejar la radio encendida toda la noche probablemente es un gen familiar. Mi padres, que dormían en la habitación de al lado, hacían lo mismo. De hecho, mi padre mantuvo esa tradición hasta el final. Y mi madre todavía pone auriculares con la radio de vez en cuando por la noche. Yo maduré. 

Tengo recuerdos de aquellos muebles, del tocadiscos y de la configuración de la habitación con 9 o 10 años. Mapas de España, de los de colegio, y cuadros pintados por Juanín eran parte importante de la decoración. 

De todas formas, no fue con aquella edad, sino más tarde, aunque me es imposible recordar el año. El caso es que una madrugada de sueño profundo, de sueño adolescente, de sueño semanal, de horas por delante antes del madrugón para ir al instituto (¿sería el 84?), en un momento en el que no tocaba despertar, me despertó una canción. 

No fue un ruido. No fue el volumen de la radio. Me despertó una melodía, una armonía, unos acordes, una voz, un piano. Me despertó la belleza. Fue un despertar sereno, sin sobresaltos, cómodo, plácido, pero a la vez sobrecogedor, emocionante, conmovedor,…  Lo primero que se me ocurrió es que aquello tenía que compartirlo con Michu, no ya por un gesto altruista, sino porque necesitaba confirmar que aquello provocaba el mismo efecto en alguien más, porque necesitaba que alguien -con mejor memoria que yo- pudiese ayudarme a recordar a la mañana siguiente, un título, un cantante, acaso una estrofa. 

Michu gruñó ante mi “psss, pssss, Michu, pssss, Michu, escucha esta canción”. No tocaba despertar.

Afortunadamente no necesité apuntador al día siguiente.

Dibujo con líneas de colores de John Lennon

Recordaba alguna estrofa…

You may say I’m a dreamer,

but I’m not the only one,…

Fue la primera vez que una canción me despertó.

Hasta ahora, también la última.

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